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Crisis de identidad en la adultez media: cuando la vida que construiste ya no te representa

Crisis de identidad en la adultez media: cuando la vida que construiste ya no te representa

Hay momentos en los que una vida puede seguir funcionando por fuera y dejar de sentirse propia por dentro. Continúas trabajando, cuidando, respondiendo mensajes, organizando la casa o sosteniendo a los demás. Nadie diría que algo se ha roto. Sin embargo, un día te escuchas pensar: «No sé quién soy» o «no reconozco la vida que llevo».

Una crisis de identidad en la adultez media no siempre llega como una explosión. A veces se parece más a una casa en la que los muebles continúan en su sitio, pero tú ya no encuentras dónde sentarte. Lo que antes te orientaba —la profesión, la pareja, la maternidad o paternidad, el deber, el reconocimiento— ya no responde a todas tus preguntas.

Este desconcierto no demuestra que hayas vivido una mentira ni te obliga a destruir cuanto has construido. Puede indicar que algunas partes de ti han cambiado y necesitan entrar en una vida organizada alrededor de versiones anteriores de quien eras.

¿Qué es una crisis de identidad en la adultez media?

La identidad no constituye una definición inmóvil. La construimos a través de nuestra historia, nuestros valores, el cuerpo, los vínculos, los lugares a los que pertenecemos y las decisiones que tomamos. También la construimos con las respuestas que recibimos de otras personas: quién pudimos ser en nuestra familia, qué partes obtuvieron reconocimiento y cuáles aprendimos a esconder para conservar el afecto.

Por eso, una crisis de identidad no consiste únicamente en preguntarse «qué quiero». Aparece cuando se abre una distancia dolorosa entre la persona que sentimos que somos, la vida que llevamos y la imagen que los demás esperan de nosotros.

Puede expresarse mediante preguntas como estas:

  • «He conseguido lo que quería. ¿Por qué no me siento como imaginaba?»
  • «Si dejo de cuidar a todos, ¿qué queda de mí?»
  • «¿Elegí esta vida o fui entrando en ella sin detenerme a decidir?»
  • «¿Sigo queriendo a mi pareja o ya no sé quién soy dentro de la relación?»
  • «Mi trabajo me define, pero ya no me representa».
  • «Mis hijos ya no me necesitan de la misma manera. ¿Dónde coloco ahora todo lo que daba?»
  • «No quiero perder lo que tengo, pero tampoco quiero seguir desapareciendo dentro de ello».

La crisis de la mediana edad no es una etapa obligatoria

La expresión «crisis de la mediana edad» forma parte del lenguaje popular, pero no designa un diagnóstico clínico ni una fase inevitable. La adultez media tampoco empieza el mismo día para todo el mundo. Las biografías, las condiciones económicas, la salud, la cultura y las responsabilidades familiares modifican profundamente esta experiencia.

Elaine Wethington estudió cómo las personas entendían la llamada crisis de la mediana edad. Encontró que muchas utilizaban la expresión para nombrar crisis provocadas por pérdidas, problemas laborales, dificultades de pareja o cambios familiares, y no solo por el hecho de cumplir años. Su investigación también cuestionó la idea de que constituya una experiencia universal o exclusivamente masculina. Puedes consultar el estudio sobre las creencias y experiencias relacionadas con la crisis de la mediana edad.

Cuando los papeles que sostenían tu identidad ya no bastan

Durante años podemos responder a la pregunta «¿quién soy?» mediante nuestros papeles: soy madre, padre, pareja, psicóloga, médico, hija, responsable de un equipo, la persona fuerte de mi familia. Estos lugares organizan el tiempo y proporcionan pertenencia, sentido y reconocimiento.

El problema no reside en que necesitemos a los demás para saber quiénes somos. Los seres humanos construimos nuestra identidad dentro de relaciones. El problema aparece cuando solo podemos existir en un papel y no sabemos reconocernos fuera de él.

La identidad de quien cuida

Algunas personas aprendieron muy pronto que recibían cariño cuando resultaban útiles. Se convirtieron en quienes anticipan, resuelven, acompañan y sostienen. En la adultez, quizá han cuidado a sus hijos, a su pareja, a sus padres, a pacientes, alumnos o compañeros de trabajo.

Cuando los hijos crecen, los padres envejecen o el cuerpo ya no permite continuar al mismo ritmo, aparece una pregunta inquietante: «Si no soy imprescindible, ¿sigo teniendo un lugar?».

Entonces el descanso puede sentirse como vacío y el deseo propio, como egoísmo. No porque la persona carezca de intereses, sino porque durante muchos años apenas pudo escucharlos sin que otra necesidad reclamara primero su atención.

La identidad construida alrededor del rendimiento

Otras personas organizaron su valía alrededor de los logros. Mientras avanzaban, el siguiente objetivo las mantenía en movimiento. Terminar la formación, conseguir un trabajo, ascender, comprar una casa o alcanzar estabilidad ofrecía dirección.

Pero llega un momento en que el siguiente escalón deja de responder a la pregunta. Puedes tener éxito y sentirte ausente de tu propia vida. También puedes descubrir que el precio de mantener ese rendimiento resulta demasiado alto.

Cuando predominan el agotamiento, el rechazo hacia el trabajo y la sensación de ineficacia, conviene valorar si existe un síndrome del trabajador quemado o burnout. Un problema laboral sostenido no se resuelve únicamente buscando una versión más auténtica de uno mismo; también puede requerir cambios concretos en las condiciones de trabajo.

La identidad dentro de la pareja

Las parejas no solo comparten afecto. También construyen una historia sobre quién es cada uno: quién toma las decisiones, quién cuida, quién aporta estabilidad, quién desea más cercanía, quién necesita más independencia.

Cuando una persona cambia, la relación pierde temporalmente su reparto conocido. Quizá alguien que siempre cedía empieza a poner límites. Quien vivía para la familia recupera un proyecto propio. Quien evitaba el conflicto comienza a nombrar lo que necesita. Estos movimientos pueden sentirse como una amenaza incluso cuando buscan una relación más habitable.

La pregunta «¿sigo queriendo a mi pareja?» merece espacio, pero no siempre es la primera. A veces conviene preguntar antes: «¿Puedo saber quién soy mientras estoy en esta relación?» y «¿tenemos margen para cambiar sin castigarnos por dejar de ser quienes éramos?».

¿Por qué puede aparecer esta crisis en la adultez media?

Rara vez existe una sola causa. La adultez media reúne transiciones que obligan a revisar la imagen de nosotros mismos y el lugar que ocupamos en el mundo.

La conciencia de que el tiempo no es infinito

En la juventud podemos imaginar muchas vidas posibles al mismo tiempo. Con el paso de los años, algunas elecciones adquieren peso y otras puertas se cierran. No hace falta temer constantemente a la muerte para notar que el tiempo ha cambiado de textura.

Quizá ya no preguntamos únicamente «¿qué podría hacer?», sino «¿qué quiero hacer con el tiempo que tengo?». Esta conciencia puede provocar angustia, pero también ayuda a separar los deseos propios de las expectativas heredadas.

Si la conciencia del paso del tiempo se convierte en temor persistente a enfermar, morir o perder a las personas queridas, puede ayudarte nuestro artículo sobre cómo afrontar el miedo a la muerte.

Los hijos crecen y los padres envejecen

Muchas personas se encuentran en medio de dos generaciones: acompañan a hijos que reclaman autonomía y, al mismo tiempo, atienden a padres que empiezan a necesitar ayuda. También pueden asumir preocupaciones económicas, decisiones médicas, conflictos entre hermanos y duelos anticipados.

Esta posición modifica la identidad. Dejas de ser solo la hija para convertirte en quien cuida a sus padres. Dejas de ocupar el centro de la vida cotidiana de tus hijos y necesitas quererlos de una manera que permita la distancia. Hay amor en estas transiciones, pero también cansancio, culpa y pérdidas que apenas encuentran reconocimiento.

El cuerpo cambia y devuelve una imagen nueva

El cuerpo puede cambiar de energía, apariencia, deseo sexual, fuerza, sueño o salud. No todas las personas viven estos cambios como una pérdida, pero la cultura suele asociar valor con juventud, productividad y disponibilidad.

En muchas mujeres, la perimenopausia coincide con responsabilidades familiares, presión laboral y una revisión de la propia vida. No conviene explicar todo mediante las hormonas, pero tampoco ignorar su posible influencia sobre el sueño, el estado de ánimo o la concentración. En nuestro artículo sobre los cambios emocionales en la menopausia abordamos esta interacción con más detalle.

Una pérdida rompe la continuidad de la historia

Una separación, una muerte, un diagnóstico, un despido, una migración o la marcha de los hijos pueden retirar de golpe una parte importante de la identidad. No solo perdemos a una persona o una situación. También perdemos la versión de nosotros que existía dentro de ella.

Después de un divorcio, por ejemplo, necesitamos elaborar la ausencia de la pareja y del futuro imaginado, pero también reconstruir el «yo» que vivía dentro del «nosotros». Puedes ampliar esta idea en nuestro artículo sobre cómo superar un divorcio y recuperar la identidad propia.

La vida cumplida no coincide con la vida deseada

Algunas crisis aparecen sin que haya sucedido nada espectacular. La persona mira su vida y descubre una acumulación de pequeñas renuncias. No recuerda cuándo dejó de escribir, pintar, viajar, estudiar, ver a sus amistades o estar a solas. Cada decisión tenía sentido en su momento; juntas han construido una vida donde apenas se reconoce.

Esta constatación puede despertar rabia: hacia la pareja, los hijos, la familia o uno mismo. Sin embargo, culpar rápidamente a alguien impide comprender cómo se creó la situación. Tal vez otras personas pidieron demasiado. También es posible que nunca aprendieras a decir que no o que existiera una desigualdad real. En aquel momento hiciste lo que necesitabas para sobrevivir o pertenecer. Comprender la trama no elimina la responsabilidad, pero evita convertir una historia compleja en un juicio sumario.

Qué dice la investigación sobre la adultez media

La investigación no sostiene la caricatura de una crisis obligatoria a los cuarenta o cincuenta años. Tampoco presenta esta etapa como un simple declive.

Margie Lachman describe la adultez media como un periodo situado en la intersección entre crecimiento y pérdida. En esta etapa pueden aumentar algunas responsabilidades y aparecer cambios físicos, pero también contamos con experiencia, conocimiento de nosotros mismos y capacidad para influir en las generaciones anteriores y posteriores. Puedes leer su revisión sobre la necesidad de comprender mejor la adultez media.

Frank Infurna, Denis Gerstorf y Margie Lachman amplían esta mirada. Los autores explican que la adultez media conecta etapas vitales y generaciones: lo vivido anteriormente influye en este momento, y las decisiones que tomamos aquí pueden afectar al envejecimiento posterior. También subrayan que la experiencia cambia según las condiciones económicas, el género, la cultura, la salud y las oportunidades disponibles. No existe una única adultez media. Puedes consultar el artículo sobre oportunidades y desafíos durante esta etapa.

Las crisis no obedecen a un reloj universal

Otro estudio, realizado por Oliver Robinson y Gordon Wright con 1.023 adultos, encontró relatos de crisis en diferentes décadas de la vida adulta. Las crisis no pertenecían en exclusiva a una edad y se relacionaban con ámbitos como las relaciones, la familia o el trabajo. Aunque el diseño retrospectivo aconseja interpretar los porcentajes con prudencia, el resultado cuestiona la idea de un reloj universal que empieza a sonar a una edad exacta. Puedes consultar el estudio sobre crisis a lo largo de la vida adulta.

Carol Ryff propone comprender el bienestar psicológico mediante varias dimensiones: la autoaceptación, las relaciones positivas, la autonomía, el manejo del entorno, el crecimiento personal y el propósito vital. Esta propuesta resulta especialmente valiosa aquí porque una persona puede no sentirse feliz durante una transición y, aun así, estar avanzando hacia una vida con más coherencia. El bienestar no exige experimentar placer constante. También incluye poder vivir de acuerdo con valores propios y mantener relaciones en las que uno exista de verdad.

Señales de que puedes estar atravesando una crisis de identidad

No existe una prueba única. Podemos hablar de una crisis de identidad cuando varias de estas experiencias se mantienen y alteran de forma importante nuestra vida:

  • Sientes que cumples con todo, pero vives en piloto automático.
  • Te cuesta responder qué deseas más allá de tus obligaciones.
  • Has perdido interés por papeles que antes te definían.
  • Necesitas cambiar algo, pero cualquier opción parece equivocada.
  • Fantaseas con marcharte, empezar de cero o abandonar todas tus responsabilidades.
  • Te comparas con las vidas que podrías haber vivido.
  • Experimentas irritabilidad cuando otras personas esperan que sigas siendo «la de siempre».
  • Sientes culpa al dedicar tiempo, dinero o energía a un proyecto propio.
  • Tu cuerpo ha cambiado y no sabes cómo integrar esa imagen en la idea que tienes de ti.
  • Te preguntas si tus relaciones actuales permiten que muestres quién eres.
  • Notas una mezcla de tristeza, inquietud, rabia, nostalgia y deseo.

Una crisis de identidad no siempre se manifiesta como tristeza. Algunas personas llenan cada minuto de actividad para no escucharla. Otras buscan una relación intensa, realizan compras impulsivas, cambian radicalmente su aspecto o se aferran a una imagen más joven. Estas conductas no definen la crisis, pero pueden intentar tapar durante un tiempo la sensación de no saber dónde colocarse.

No todo vacío significa una crisis de identidad

Nombrar bien lo que ocurre permite buscar la ayuda adecuada. Algunas experiencias se parecen entre sí y pueden coexistir.

Depresión

En una crisis de identidad suele existir conflicto, búsqueda o deseo de algo que todavía no conseguimos nombrar. En la depresión pueden predominar la pérdida generalizada de interés, la desesperanza, la culpa intensa, el cansancio persistente y la dificultad para experimentar placer en casi cualquier ámbito.

No siempre resulta fácil diferenciarlas. Una crisis prolongada puede afectar al estado de ánimo y una depresión puede hacer que toda la vida pierda sentido. Si la tristeza, la apatía o la desesperanza persisten, interfieren en la vida cotidiana o aparecen pensamientos de muerte, necesitas una valoración profesional y, cuando exista riesgo, ayuda urgente.

Burnout

El burnout se vincula específicamente al trabajo. Una persona puede pensar «me equivoqué de vida» cuando lleva meses expuesta a sobrecarga, falta de autonomía o un entorno laboral dañino. Antes de interpretar todo el malestar como una pregunta existencial, conviene observar si disminuye al alejarse del contexto laboral.

Duelo

Después de una pérdida podemos sentir que ya no sabemos quiénes somos. Esta experiencia forma parte del duelo porque nuestra identidad también estaba unida a aquello que perdimos. No necesitamos apresurarnos a construir una nueva vida mientras todavía intentamos comprender la ausencia.

Cambios médicos y hormonales

Las alteraciones del sueño, algunos problemas tiroideos, el dolor crónico, determinados medicamentos, el consumo de alcohol u otras sustancias y los cambios hormonales pueden afectar a la energía, el ánimo y la concentración. Una mirada psicológica no debe convertir el cuerpo en un detalle. Cuando aparecen cambios intensos o síntomas físicos, conviene solicitar también una valoración médica.

El peligro de tomar una decisión definitiva para calmar una emoción urgente

Cuando una persona lleva años sintiéndose fuera de su propia vida, la urgencia resulta comprensible. Puede pensar que necesita dejar hoy el trabajo, romper la pareja, mudarse o empezar de cero. A veces un cambio profundo será necesario. Sin embargo, la necesidad de aliviar el malestar inmediatamente puede convertir cualquier salida en una promesa de salvación.

No toda duda exige una ruptura y no toda permanencia representa cobardía. Necesitamos tiempo para distinguir tres elementos:

  • Lo que ya no puede continuar. Una situación que vulnera tus límites, un entorno abusivo, un ritmo que enferma o una renuncia que te borra.
  • Lo que puede transformarse. Un reparto familiar, una forma de comunicarse, una organización laboral o un vínculo que conserva cuidado y capacidad de cambio.
  • Lo que necesita duelo. La juventud, algunas oportunidades, una imagen ideal de la familia o una versión de ti que ya cumplió su función.

La pausa no pretende devolverte dócilmente al mismo lugar. Pretende que decidas desde una comprensión mayor y no solo desde la necesidad de apagar el incendio.

Cómo transitar una crisis de identidad sin desaparecer ni arrasarlo todo

1. Describe tu vida antes de juzgarla

Durante una semana, observa cómo distribuyes tu tiempo, tu energía y tu atención. Anota qué haces, para quién lo haces y cómo te sientes después. No busques todavía una solución.

Tal vez descubras que el problema no reside en toda tu vida, sino en la ausencia de descanso, intimidad, creatividad o reciprocidad. O quizá compruebes que una parte central lleva mucho tiempo pidiendo un cambio real.

2. Distingue tus papeles de tu identidad completa

Escribe en una hoja los papeles que ocupas: madre, padre, hija, pareja, profesional, amiga, cuidadora. Al lado de cada uno, responde:

  • ¿Qué parte de mí puede vivir aquí?
  • ¿Cuál queda fuera?
  • ¿Qué recibo en este lugar?
  • ¿Qué precio pago por mantenerlo?
  • ¿Puedo cambiar este papel sin perder por completo el vínculo?

No necesitas desprenderte de tus papeles. Necesitas que ninguno se apropie de toda tu existencia.

3. Haz duelo por las vidas no vividas

Elegir una vida implica renunciar a otras. Esta verdad puede doler incluso cuando valoramos profundamente lo que tenemos. Puedes querer a tus hijos y echar de menos una libertad que no viviste. Agradecer tu profesión no impide llorar la vocación que abandonaste. Amar a tu pareja tampoco borra la pregunta por quién habrías sido en otro camino.

Reconocer estas pérdidas no traiciona tu vida actual. Impide que el duelo se transforme en resentimiento hacia quienes la comparten contigo.

4. Sustituye la revolución inmediata por experimentos honestos

Antes de cambiarlo todo, introduce experiencias pequeñas que aporten información real:

  • Recupera durante un mes una actividad que abandonaste.
  • Reserva un tiempo semanal que no esté al servicio de nadie.
  • Explora una formación antes de dejar tu trabajo.
  • Pide un cambio concreto en el reparto familiar.
  • Retoma una amistad que te conecta con otra parte de ti.
  • Prueba a decir no en una situación donde siempre cedes.
  • Habla con tu pareja sobre el cambio que experimentas sin presentar todavía una sentencia.

Un experimento no sustituye una decisión necesaria, pero permite comprobar qué devuelve vitalidad y qué solo parecía atractivo desde la fantasía.

5. Observa qué relaciones permiten que cambies

Una relación segura no exige que permanezcamos idénticos. Puede sentirse desconcertada ante nuestro cambio, necesitar tiempo o expresar temor. La diferencia aparece en su capacidad para escuchar, negociar y reconocer que nuestra transformación no constituye automáticamente un ataque.

También conviene observar nuestra parte. A veces pedimos libertad, pero vivimos cualquier necesidad de la otra persona como una cadena. O esperamos que nuestros vínculos comprendan un proceso que apenas hemos conseguido explicar.

La identidad se construye en relación, y muchas transformaciones también necesitan una conversación. Cuando el cambio afecta profundamente a la pareja o a la familia, la terapia de pareja o la terapia familiar pueden crear un espacio para comprender qué está perdiendo, temiendo y necesitando cada persona.

6. Pregunta qué deseas cuidar, no solo de qué quieres escapar

Escapar del malestar ofrece dirección durante un tiempo, pero no siempre construye una vida. Además de preguntar «¿qué no soporto?», intenta responder:

  • ¿Qué relaciones quiero conservar?
  • ¿Qué valor deseo que organice esta etapa?
  • ¿Qué actividad me hace sentir presente?
  • ¿A quién quiero aportar algo?
  • ¿Qué forma de vivir podría respetar mis límites y mis compromisos?

El sentido no siempre aparece como una vocación deslumbrante. A veces crece al crear, enseñar, cuidar de otra manera, participar en la comunidad, acompañar a alguien, aprender o poner la experiencia propia al servicio de algo que nos trasciende.

7. Deja que el cuerpo participe en la conversación

No tomamos decisiones únicamente con ideas. El agotamiento, la falta de sueño, el dolor y el estrés estrechan nuestra percepción. Cuidar el descanso, el movimiento, la alimentación y la salud no resolverá por sí solo una crisis de identidad, pero puede proporcionar el suelo necesario para pensar.

Escuchar el cuerpo no significa obedecer cada impulso. Significa reconocer cuándo llevas demasiado tiempo viviendo por encima de tus recursos.

Preguntas para tu espejo interior

No utilices estas preguntas como un examen. Permite que te acompañen y observa cuáles despiertan algo en ti:

  • ¿Quién has tenido que ser para pertenecer a tu familia?
  • ¿Qué parte de ti recibe reconocimiento y cuál suele quedarse fuera?
  • ¿Tu vida está llena o también se siente viva?
  • ¿Qué papel te daría más miedo perder?
  • ¿Sientes que te quieren por quien eres o por lo que resuelves?
  • ¿Qué deseo llevas años aplazando porque nunca parece el momento adecuado?
  • ¿Hay alguna pérdida que todavía no te hayas permitido llorar?
  • ¿Qué cambio necesitas y qué cambio estás idealizando?
  • ¿Puedes imaginar una transformación que no exija abandonar todo lo valioso?
  • ¿Qué personas pueden acompañarte sin decidir por ti?
  • ¿Qué relación existe entre tu cansancio y las preguntas sobre tu identidad?
  • Si dejaras de demostrar, cuidar o rendir durante un momento, ¿qué necesitarías?
  • ¿Qué te gustaría poder decir de tu manera de vivir esta etapa dentro de cinco años?

¿Cuándo conviene pedir ayuda psicológica?

No necesitas esperar a que la crisis provoque una ruptura o te impida funcionar. Puede resultar útil solicitar ayuda psicológica cuando:

  • El vacío, la angustia o la irritabilidad se mantienen durante semanas.
  • No consigues pensar en otra cosa y cualquier decisión te paraliza.
  • La confusión está afectando al sueño, el trabajo o las relaciones.
  • Repites conductas impulsivas para sentirte vivo o escapar del malestar.
  • Te sientes atrapado entre cuidar a los demás y desaparecer tú.
  • Las conversaciones con tu pareja terminan siempre en amenaza, defensa o silencio.
  • Una pérdida o transición ha retirado el lugar desde el que te reconocías.
  • No sabes distinguir si atraviesas una crisis, una depresión, un duelo o un burnout.
  • Experimentas desesperanza o pensamientos relacionados con la muerte.

La terapia no debería decirte qué vida tienes que elegir. Puede ayudarte a escuchar deseos contradictorios, comprender las lealtades que condicionan tus decisiones, elaborar pérdidas y reconocer qué cambios nacen de una necesidad profunda y cuáles intentan calmar una herida urgente.

Desde una perspectiva relacional, la identidad no aparece como una esencia escondida que debamos descubrir a solas. Se transforma dentro de vínculos donde podemos pensar sin someternos, necesitar sin avergonzarnos y cambiar sin perder automáticamente el derecho a pertenecer.

Una identidad nueva no tiene que borrar toda tu historia

Quizá no necesites «volver a ser tú» porque esa persona anterior ya no existe de la misma manera. Tampoco necesitas inventarte desde cero. Tu historia contiene elecciones propias, adaptaciones, amores, renuncias, errores y formas de supervivencia. Nada de ello explica por completo quién eres, pero todo forma parte del material con el que puedes construir esta etapa.

Una crisis de identidad en la adultez media puede sentirse como un derrumbe porque retira respuestas que durante años parecían firmes. Sin embargo, también puede abrir una pregunta más honesta: «¿Cómo puedo seguir perteneciendo a mi vida sin quedarme fuera de ella?».

No se trata de elegir entre permanecer igual o arrasarlo todo. Existe un tercer camino: revisar, llorar, conversar, poner límites y hacer sitio a partes de ti que ya no aceptan vivir en el pasillo.

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Autora: Rebeca Carrasco García
Psicóloga General Sanitaria y psicoanalista relacional
Directora de Self Psicólogos, Majadahonda

Referencias

Infurna, F. J., Gerstorf, D., & Lachman, M. E. (2020). Midlife in the 2020s: Opportunities and challenges. American Psychologist, 75(4), 470–485. https://doi.org/10.1037/amp0000591

Lachman, M. E. (2015). Mind the gap in the middle: A call to study midlife. Research in Human Development, 12(3–4), 327–334. https://doi.org/10.1080/15427609.2015.1068048

Robinson, O. C., & Wright, G. R. T. (2013). The prevalence, types and perceived outcomes of crisis episodes in early adulthood and midlife: A structured retrospective-autobiographical study. International Journal of Behavioral Development, 37(5), 407–416. https://doi.org/10.1177/0165025413492464

Ryff, C. D. (2014). Psychological well-being revisited: Advances in the science and practice of eudaimonia. Psychotherapy and Psychosomatics, 83(1), 10–28. https://doi.org/10.1159/000353263

Wethington, E. (2000). Expecting stress: Americans and the “midlife crisis”. Motivation and Emotion, 24(2), 85–103. https://doi.org/10.1023/A:1005611230993

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