7 prejuicios sobre los niños con altas capacidades
Cuando un niño aprende con rapidez, hace preguntas poco habituales para su edad o muestra un interés muy intenso por determinados temas, los adultos podemos interpretar su comportamiento a través de ideas preconcebidas. A veces se le considera «problemático», «engreído», «raro» o poco sociable antes de intentar comprender qué necesita.
El problema de estos prejuicios no es solo que sean imprecisos. También pueden condicionar la manera en que la familia, el colegio y el propio niño entienden sus capacidades. Un estereotipo puede ocultar una dificultad real, convertir una diferencia en un defecto o generar expectativas imposibles de sostener.
Las altas capacidades forman parte del desarrollo de una persona, pero no explican por sí solas su conducta, su personalidad ni su bienestar emocional. Por eso conviene acercarse a cada niño con curiosidad, sin idealizarlo ni patologizarlo.
¿Qué son las altas capacidades intelectuales?
El término altas capacidades intelectuales engloba perfiles diversos de potencial o rendimiento elevado. No existe una única definición aceptada por todos los modelos teóricos y educativos. Algunas propuestas conceden más peso a la capacidad intelectual general; otras incorporan el talento en áreas específicas, la creatividad, la motivación, las oportunidades de aprendizaje y el desarrollo a lo largo del tiempo.
Las altas capacidades no son un diagnóstico médico ni un trastorno psicológico. Tampoco existe una personalidad propia de estos niños. Dos menores con capacidades intelectuales semejantes pueden mostrar intereses, formas de relacionarse, rendimiento académico y necesidades emocionales muy diferentes.
El cociente intelectual puede aportar información relevante, pero una valoración rigurosa no debería reducir al niño a una cifra. Conviene integrar su historia evolutiva, su perfil cognitivo, su forma de aprender, el rendimiento observado, la motivación, el contexto familiar y escolar y, cuando resulte necesario, su funcionamiento emocional y relacional. Este enfoque ayuda a comprender tanto sus fortalezas como las áreas en las que puede necesitar apoyo.
Si tienes dudas sobre la identificación, puedes ampliar información en el artículo ¿Cómo sé si mi hijo tiene altas capacidades?.
Siete prejuicios frecuentes sobre los niños con altas capacidades
1. «Los niños con altas capacidades siempre se portan mal»
Las altas capacidades no determinan que un niño se comporte bien o mal. Algunos menores pueden mostrarse inquietos, desconectados o irritables cuando las tareas son demasiado repetitivas, cuando no comprenden el sentido de lo que hacen o cuando sienten que no encuentran su lugar. Sin embargo, atribuir cualquier dificultad de conducta al aburrimiento sería tan simplista como considerarla una prueba de mala educación.
Ante un cambio de comportamiento, es importante preguntarse qué ocurre, en qué situaciones aparece y qué función puede estar cumpliendo. También hay que valorar las normas, el descanso, las relaciones, el nivel de exigencia, el posible malestar emocional y la presencia de otras dificultades. Comprender el origen de la conducta no significa justificarlo todo: permite poner límites y ofrecer ayuda de una manera más ajustada.
2. «Tener altas capacidades es lo mismo que tener autismo o TDAH»
Las altas capacidades, el trastorno del espectro del autismo y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad son realidades diferentes. Un interés muy intenso, un vocabulario avanzado, la necesidad de precisión o el cuestionamiento de una tarea no bastan para concluir que existe un trastorno del neurodesarrollo.
Ahora bien, una persona con altas capacidades también puede presentar autismo, TDAH o una dificultad específica de aprendizaje. Esta coexistencia se conoce como doble excepcionalidad. En algunos casos, la capacidad intelectual compensa o enmascara la dificultad; en otros, la dificultad impide que el potencial resulte visible. Por eso, cuando existen señales persistentes, la evaluación debe ser amplia, individualizada y realizada por profesionales cualificados. No se trata de elegir entre una explicación u otra, sino de comprender el perfil completo del niño.
3. «Son engreídos y se creen superiores»
Un niño que utiliza un vocabulario preciso, corrige un dato o necesita argumentar puede ser percibido como arrogante, aunque su intención no sea situarse por encima de los demás. También puede ocurrir que intente demostrar constantemente lo que sabe para buscar reconocimiento o seguridad. Ninguna de estas conductas define a todos los niños con altas capacidades.
Conviene ayudarles a expresar sus conocimientos con respeto, escuchar otros puntos de vista, tolerar el error y comprender cómo reciben los demás sus palabras. Este aprendizaje puede hacerse sin avergonzarlos por saber ni convertir su capacidad en el centro de su identidad. Del mismo modo, no debemos presuponer que detrás de toda actitud arrogante hay inseguridad: hay que conocer al niño y el contexto antes de interpretar.
4. «No saben relacionarse con otros niños»
La investigación no sostiene que las altas capacidades impliquen, por sí mismas, una falta de habilidades sociales. En un amplio estudio con adolescentes académicamente avanzados, la percepción de su competencia interpersonal y de sus relaciones con iguales fue, en conjunto, comparable a la de otros estudiantes de la misma edad. Esto no significa que ninguno tenga dificultades, sino que no podemos darlas por supuestas.
Algunos niños se sienten más cómodos con personas que comparten sus intereses o con compañeros de otra edad. Otros disfrutan de su grupo habitual. También pueden aparecer soledad, rechazo o acoso, igual que en cualquier otro menor. El objetivo no debería ser obligarlos a encajar, sino ayudarles a construir vínculos seguros, recíprocos y respetuosos.
5. «Son raros o demasiado intensos»
Llamar «raro» a un niño convierte una diferencia en un juicio sobre su valor. Puede que tenga intereses poco frecuentes para su edad, una gran curiosidad o una manera singular de observar el mundo, pero eso no resume quién es.
La sensibilidad, el perfeccionismo o la intensidad emocional suelen asociarse popularmente con las altas capacidades, aunque no son rasgos universales ni criterios que permitan identificarlas. Cuando aparecen, conviene comprender cómo los vive ese niño concreto y si le ayudan o le generan sufrimiento. Nombrar una necesidad con precisión resulta más útil que etiquetar a la persona: no es lo mismo decir «eres demasiado intenso» que «veo que esto te afecta mucho; vamos a entender qué necesitas».
6. «Las altas capacidades garantizan el éxito académico»
Tener un potencial elevado no garantiza buenas notas, motivación constante ni facilidad en todas las asignaturas. La investigación lleva décadas estudiando el bajo rendimiento en alumnado con altas capacidades, es decir, la distancia entre las posibilidades del estudiante y su desempeño académico.
Detrás de esa diferencia puede haber tareas poco ajustadas, desmotivación, miedo al fracaso, dificultades de organización, problemas emocionales, conflictos escolares, presión por encajar o una doble excepcionalidad. Decirle «con lo inteligente que eres, podrías hacerlo si quisieras» suele aumentar la culpa y no aclara qué está ocurriendo.
La respuesta educativa debe adaptarse al perfil y no limitarse a añadir más trabajo. El enriquecimiento, la profundización, los agrupamientos flexibles o la aceleración pueden ser útiles cuando se valoran de forma individual y se coordinan con el centro. Puedes ampliar esta cuestión en El niño con altas capacidades en el aula y en Cómo atender las necesidades del alumnado con altas capacidades.
7. «Las altas capacidades se desarrollan solas y no necesitan apoyo»
El potencial no se convierte automáticamente en talento ni asegura un resultado futuro. Su desarrollo depende de la interacción entre las capacidades, las oportunidades, la práctica, la motivación, las habilidades psicosociales y el contexto. Por eso un niño puede dejar de mostrar interés, estancarse en un área o no llegar a expresar todo lo que podría hacer si no encuentra condiciones adecuadas.
Esto no significa que «pierda» sus altas capacidades como castigo por no haberlas estimulado, ni que tenga la obligación de aprovecharlas al máximo. Cargar sobre un menor la idea de que está desperdiciando un don puede ser tan dañino como ignorar sus necesidades. Acompañar no consiste en convertir cada capacidad en rendimiento: consiste en ofrecer oportunidades sin descuidar el descanso, el juego, las relaciones y el bienestar emocional.
Cómo acompañar a un niño con altas capacidades sin reducirlo a una etiqueta
- Mira al niño antes que a la etiqueta. Pregúntate qué disfruta, qué le preocupa, qué le cuesta y qué necesita en este momento.
- Escucha su experiencia. No des por hecho que está aburrido, que se siente diferente o que quiere avanzar más deprisa. Pregúntaselo.
- Coordina familia y colegio. Compartir observaciones permite distinguir una dificultad puntual de un patrón persistente y ajustar mejor la respuesta.
- Ofrece reto sin sobrecarga. Una actividad más compleja no debería convertirse en una acumulación de ejercicios ni en un premio condicionado a terminar antes.
- Reconoce el proceso, no solo la inteligencia. Valora el esfuerzo, las estrategias, la creatividad, la cooperación y la capacidad de pedir ayuda.
- Cuida el sentido de pertenencia. Facilita espacios donde pueda compartir intereses, pero no fuerces amistades ni presupongas con quién debería relacionarse.
- Permite que se equivoque. No tiene que saberlo todo ni responder siempre por encima de su edad. Sigue siendo un niño y necesita apoyo adulto.
Cuándo puede ser conveniente pedir ayuda profesional
No todos los niños con altas capacidades necesitan terapia psicológica. Puede resultar útil solicitar orientación cuando la familia o el centro educativo tienen dudas sobre su perfil, cuando existe una gran diferencia entre capacidad y rendimiento o cuando el menor muestra un malestar que persiste en el tiempo.
Algunas señales que conviene atender son:
- rechazo escolar o descenso acusado del rendimiento;
- ansiedad, tristeza, irritabilidad o aislamiento;
- perfeccionismo que bloquea o miedo intenso a equivocarse;
- dolores físicos frecuentes sin una causa médica que los explique;
- conflictos continuos en casa o en el colegio;
- dudas sobre una posible doble excepcionalidad;
- sensación de no encajar que afecta a la autoestima o a las relaciones.
Una valoración profesional no debería buscar que el niño deje de ser diferente ni explicar toda su vida a través de las altas capacidades. Su función es comprender qué está ocurriendo, identificar recursos y dificultades y proponer apoyos proporcionados. En nuestra consulta de Majadahonda trabajamos desde una mirada individual y relacional, coordinándonos con la familia y, cuando resulta necesario, con el centro educativo.
Puedes conocer nuestro trabajo en altas capacidades y desarrollo del talento.
En conclusión
Los prejuicios simplifican una realidad que es mucho más diversa. Un niño con altas capacidades no tiene por qué comportarse mal, ser arrogante, estar aislado ni obtener siempre buenos resultados. Tampoco está protegido frente a las dificultades emocionales, escolares o del desarrollo por el hecho de aprender con rapidez.
Comprender sus capacidades puede ayudarnos a ofrecer una respuesta educativa y emocional más ajustada, pero nunca debería borrar el resto de su identidad. Antes que una etiqueta hay un niño que necesita sentirse visto, escuchado y acompañado, también cuando duda, se equivoca o no cumple las expectativas de los adultos.
¿Quieres que te acompañemos?
Si te preocupa el bienestar de tu hijo, existen dificultades en el colegio o necesitas orientación sobre sus altas capacidades, podemos ayudarte a comprender su situación y valorar los apoyos más adecuados.
Autora: Rebeca Carrasco García
Psicóloga General Sanitaria y psicoanalista relacional
Self Psicólogos, Majadahonda
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