Claves para mejorar tu gestión emocional
Hay emociones que llegan antes que las palabras. Primero aparece el nudo en el estómago, la presión en el pecho o el impulso de contestar. Después intentamos comprender qué nos ocurre. En ocasiones lo conseguimos; otras veces reaccionamos, nos bloqueamos o nos exigimos dejar de sentir cuanto antes.
La gestión emocional no consiste en permanecer tranquilos ante cualquier situación, pensar siempre en positivo ni controlar cada reacción. Consiste en reconocer lo que sentimos, comprender qué está ocurriendo y elegir una respuesta que cuide de nosotros y de nuestras relaciones.
Una persona con una buena regulación emocional también siente miedo, tristeza, rabia, vergüenza o frustración. La diferencia no está en la ausencia de emociones difíciles, sino en la capacidad para escucharlas sin quedar completamente dirigida por ellas.
¿Qué es la gestión emocional?
La gestión emocional engloba varias capacidades:
- Reconocer que una emoción está apareciendo.
- Identificarla y ponerle un nombre.
- Comprender qué la ha activado.
- Aceptar su presencia sin juzgarnos.
- Regular su intensidad cuando nos desborda.
- Expresarla de una manera proporcionada.
- Elegir cómo queremos actuar.
Gestionar una emoción no significa obedecerla. La rabia puede indicar que sentimos que alguien ha vulnerado un límite, pero no nos obliga a atacar. El miedo puede advertirnos de un peligro, pero también puede aparecer ante una situación nueva que necesitamos explorar. La culpa puede ayudarnos a reparar un daño, aunque también puede crecer alrededor de responsabilidades que no nos pertenecen.
Las emociones aportan información, pero no siempre describen la realidad con exactitud. Necesitamos escucharlas y, al mismo tiempo, contrastar lo que nos cuentan.
¿Qué son las emociones y para qué sirven?
Las emociones coordinan diferentes respuestas del organismo. Cuando aparece una emoción, pueden cambiar nuestra atención, nuestros pensamientos, las sensaciones corporales y la tendencia a actuar.
Algunos modelos distinguen emociones básicas como el miedo, la alegría, la tristeza, la ira, el asco o la sorpresa. Otros incluyen más categorías y señalan la influencia del aprendizaje, la cultura, la historia personal y el contexto. No existe una única clasificación capaz de explicar toda nuestra experiencia emocional.
Podemos comprender algunas de sus funciones:
- El miedo nos prepara para protegernos ante un posible peligro.
- La tristeza nos ayuda a detenernos, elaborar una pérdida y buscar apoyo.
- La rabia puede señalar una injusticia, una frustración o un límite vulnerado.
- La alegría favorece el acercamiento, la exploración y la conexión.
- El asco nos aleja de aquello que interpretamos como dañino o contaminante.
- La culpa puede impulsarnos a reparar el daño que hemos causado.
- La vergüenza guarda relación con la mirada de los demás y con el temor a quedar excluidos.
La función de una emoción no convierte automáticamente en adecuada cualquier conducta que nazca de ella. Podemos validar lo que sentimos y responsabilizarnos de lo que hacemos.
Emociones y sentimientos: ¿son lo mismo?
Utilizamos ambos términos de manera intercambiable, aunque podemos establecer una diferencia práctica.
La emoción incluye la respuesta inicial del organismo: la activación corporal, el cambio de atención y el impulso de actuar. El sentimiento incorpora la experiencia consciente y la interpretación que hacemos de esa emoción.
Por ejemplo, podemos notar tensión, aceleración del pulso y ganas de alejarnos. Al interpretar esa experiencia, podemos reconocer miedo, inseguridad o desconfianza. La manera en que comprendemos la situación influirá en la intensidad y duración de lo que sentimos.
No siempre podemos separar emoción y sentimiento con absoluta precisión. Lo relevante consiste en aprender a observar la experiencia completa: qué sucede en el cuerpo, qué pensamos, qué necesitamos y qué sentimos deseos de hacer.
¿Por qué nos cuesta regular las emociones?
Nadie aprende a regularse emocionalmente en soledad. Durante la infancia necesitamos que otras personas nos ayuden a comprender lo que nos ocurre. Un adulto que calma, pone palabras y permanece disponible nos enseña que una emoción intensa puede atravesarse sin que el vínculo se rompa.
Cuando crecimos en ambientes donde los adultos ignoraban, castigaban o ridiculizaban las emociones, podemos haber aprendido a esconderlas. Quizá escuchamos frases como «no llores», «no es para tanto», «tienes que ser fuerte» o «no te enfades». También podemos haber aprendido que expresar una necesidad provocaba rechazo, conflicto o distancia.
Estas experiencias no determinan nuestro futuro, pero influyen en cómo nos relacionamos con lo que sentimos. Algunas personas se desconectan de sus emociones. Otras las experimentan con una intensidad que las desborda. También podemos pasar de la contención absoluta a una reacción impulsiva cuando ya no podemos sostener más tensión.
El estrés prolongado, la falta de descanso, las experiencias traumáticas, los conflictos relacionales y la ausencia de apoyo también dificultan la regulación emocional.
Regular no significa reprimir
La represión intenta hacer desaparecer la emoción: «No debería sentir esto», «Tengo que dejar de pensar en ello» o «No puedo enfadarme».
La regulación adopta una actitud diferente: «Esto es lo que siento», «Tiene alguna relación con lo que estoy viviendo» y «Puedo decidir qué hago con ello».
Ocultar una emoción puede resultar útil durante un momento concreto. Quizá necesitamos aplazar una conversación hasta recuperar la calma o contener una reacción para no dañar a otra persona. El problema aparece cuando convertirnos en expertos en disimular sustituye de forma permanente la comprensión de lo que nos sucede.
Aquello que no expresamos no desaparece necesariamente. Puede transformarse en tensión, rumiación, irritabilidad, insomnio, aislamiento o reacciones que parecen surgir de repente.
Señales de dificultades en la gestión emocional
Podemos necesitar revisar nuestra forma de relacionarnos con las emociones cuando:
- Reaccionamos impulsivamente y después nos arrepentimos.
- Nos cuesta identificar qué estamos sintiendo.
- Permanecemos mucho tiempo atrapados en la preocupación o la rumiación.
- Evitamos conversaciones por miedo al conflicto.
- Ocultamos lo que necesitamos hasta que explotamos.
- Sentimos vergüenza o culpa por tener determinadas emociones.
- Necesitamos aliviar inmediatamente cualquier incomodidad.
- Utilizamos la comida, el alcohol, las compras, el trabajo o las pantallas para no sentir.
- Interpretamos las emociones intensas como una señal de peligro.
- Los conflictos emocionales afectan con frecuencia a nuestras relaciones.
- Nos cuesta recuperar la calma después de una situación difícil.
Estas señales no implican necesariamente la presencia de un trastorno. Indican que podemos necesitar más recursos, comprensión o acompañamiento.
Claves para mejorar tu gestión emocional
1. Detente y observa el cuerpo
Antes de entender una emoción, solemos notarla físicamente. Podemos sentir calor, presión, tensión muscular, respiración acelerada, vacío en el estómago o cansancio.
Haz una pausa y pregúntate:
- ¿Dónde noto esta emoción?
- ¿Qué intensidad tiene?
- ¿Qué impulso aparece?
- ¿Necesito acercarme, alejarme, defenderme o pedir ayuda?
Observar el cuerpo no elimina la emoción, pero puede ayudarnos a reconocerla antes de actuar automáticamente.
2. Pon un nombre más preciso a lo que sientes
Decir «estoy mal» proporciona poca información. Intenta concretar:
- ¿Siento tristeza, decepción o soledad?
- ¿Estoy enfadado, frustrado o dolido?
- ¿Tengo miedo, inseguridad o vergüenza?
- ¿Siento culpa por algo que hice o por no cumplir las expectativas de otra persona?
Ampliar nuestro vocabulario emocional nos permite comprender mejor la experiencia y elegir una respuesta más ajustada.
3. Diferencia la emoción de la interpretación
Podemos sentir miedo y pensar: «Seguro que todo saldrá mal». La emoción es el miedo; la idea de que todo saldrá mal constituye una interpretación.
También podemos sentir rabia y pensar: «Lo ha hecho para hacerme daño». La rabia existe, pero todavía necesitamos comprobar la intención de la otra persona.
Pregúntate:
- ¿Qué sé con certeza?
- ¿Qué estoy interpretando?
- ¿Existen otras explicaciones?
- ¿Qué parte de esta situación conecta con experiencias anteriores?
Esta distinción evita que tratemos cada pensamiento como si fuera un hecho.
4. Valida la emoción sin justificar cualquier conducta
Validar significa reconocer que la emoción tiene sentido dentro de nuestra experiencia. No implica dar por válida cualquier reacción.
Podemos decirnos:
«Entiendo que estoy muy enfadada porque me he sentido ignorada. Aun así, no quiero responder atacando».
Esta forma de hablar nos permite hacernos responsables sin culpabilizarnos por sentir.
5. Pregúntate qué necesita esa emoción
Las emociones pueden señalar necesidades diferentes:
- El miedo puede necesitar protección, información o tiempo.
- La tristeza puede necesitar descanso, consuelo o compañía.
- La rabia puede necesitar un límite o una conversación.
- La culpa puede necesitar reparación.
- La vergüenza puede necesitar una mirada menos castigadora.
- La soledad puede necesitar conexión.
No siempre podremos satisfacer inmediatamente la necesidad, pero reconocerla orienta mejor nuestra respuesta.
6. Reduce la activación antes de resolver el problema
Cuando la emoción alcanza mucha intensidad, nuestra capacidad para pensar disminuye. Antes de tomar una decisión, podemos:
- Respirar de manera lenta y natural.
- Caminar o mover el cuerpo.
- Beber agua y cambiar de espacio.
- Alejarnos temporalmente de una discusión.
- Apoyar los pies en el suelo y observar el entorno.
- Escribir lo que queremos decir antes de enviarlo.
- Hablar con una persona de confianza.
Regular la activación no significa evitar el problema. Significa preparar las condiciones para afrontarlo mejor.
7. Elige una respuesta, no solo un alivio inmediato
Algunas conductas alivian durante unos minutos, pero complican la situación después. Enviar un mensaje impulsivo, comer para calmarnos, beber, aislarnos o revisar constantemente el móvil puede reducir momentáneamente el malestar sin resolver su origen.
Pregúntate:
- ¿Qué me aliviará ahora?
- ¿Qué me ayudará también mañana?
- ¿Esta respuesta protege lo que necesito y la relación que quiero cuidar?
La gestión emocional busca una respuesta sostenible, no una descarga inmediata.
8. Expresa lo que sientes de forma clara
Podemos comunicar una emoción sin acusar:
«Cuando ocurrió esto, me sentí desplazada. Necesito que podamos hablarlo».
Hablar desde la propia experiencia reduce la necesidad de demostrar quién tiene razón. Puedes ampliar esta parte en nuestro artículo sobre cómo expresar tu opinión con asertividad.
9. Cuida las condiciones básicas
Regular las emociones resulta más difícil cuando dormimos poco, comemos de manera desordenada, vivimos con una activación constante o no disponemos de espacios de descanso.
El autocuidado no evita las emociones difíciles, pero proporciona más recursos para atravesarlas. Puedes encontrar algunas pautas en Cinco hábitos saludables para cuidarte.
10. Revisa lo ocurrido cuando recuperes la calma
Después de una situación intensa, pregúntate:
- ¿Qué activó mi reacción?
- ¿Qué necesitaba?
- ¿Qué hice que me ayudó?
- ¿Qué empeoró la situación?
- ¿Cómo podría actuar la próxima vez?
No se trata de juzgarte, sino de aprender de la experiencia.
¿Cuándo conviene pedir ayuda psicológica?
Puede resultar conveniente solicitar ayuda cuando las emociones:
- Alcanzan una intensidad que te desborda con frecuencia.
- Interfieren en el trabajo, el descanso o las relaciones.
- Te llevan a actuar impulsivamente.
- Mantienen una preocupación o tristeza persistente.
- Se relacionan con experiencias traumáticas.
- Te empujan a evitar situaciones importantes.
- Generan síntomas físicos recurrentes.
- Te llevan a utilizar sustancias o conductas perjudiciales para aliviarte.
- Hacen que te sientas desconectado de ti mismo.
La terapia ofrece un espacio para comprender de dónde proceden algunas respuestas emocionales, aprender recursos y construir una relación más amable con aquello que sientes.
En conclusión
Gestionar las emociones no significa dominarlas ni convertirnos en una versión siempre serena de nosotros mismos. Significa poder escucharlas sin que decidan por completo nuestra conducta.
Las emociones forman parte de nuestra manera de protegernos, vincularnos y comprender lo que necesitamos. Algunas proceden del presente y otras activan experiencias que todavía necesitan elaboración.
Aprender a regularnos implica desarrollar recursos propios, pero también reconocer que las personas necesitamos vínculos seguros. En ocasiones recuperamos la calma gracias a una conversación, una presencia que no juzga o una relación en la que podemos existir sin esconder lo que sentimos.
¿Quieres que te acompañemos?
Si te cuesta identificar lo que sientes, tus emociones te desbordan o necesitas aprender una forma más segura de expresarlas, podemos ayudarte.
Fuentes consultadas
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Autora: Rebeca Carrasco García
Psicóloga General Sanitaria y psicoanalista relacional
Self Psicólogos, Majadahonda
2 Comentarios
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