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Psicología infantil

Problemas de conducta en niños: cómo comprenderlos y poner límites sin romper el vínculo

¿Qué intenta decir un niño cuando grita, pega, desafía cada norma o convierte cualquier petición cotidiana en una batalla?

Los problemas de conducta en niños pueden aparecer como rabietas intensas, agresividad, oposición constante o conflictos repetidos en casa y en el colegio.

Cuando estas escenas se repiten, los padres pueden sentir que viven junto a una alarma que nunca deja de sonar. Intentan razonar, amenazan, castigan, ceden, vuelven a ponerse firmes y, al final, todos terminan agotados. El niño tampoco suele comprender por qué pierde el control con tanta facilidad.

En esos momentos, la conducta ocupa tanto espacio que resulta difícil mirar a quien la realiza. Sin embargo, detrás del golpe, el insulto o la rabieta sigue existiendo un niño que todavía no dispone de recursos suficientes para afrontar lo que siente.

Comprenderlo no significa permitirlo todo. Podemos reconocer su enfado y, al mismo tiempo, impedir que haga daño. Podemos preguntarnos qué le ocurre sin renunciar a nuestra responsabilidad como adultos. Un límite no necesita humillar para resultar firme.

Los problemas de conducta en niños no tienen una única explicación ni desaparecen mediante una fórmula universal. Para ayudar de verdad necesitamos observar qué sucede, cuándo aparece, qué mantiene el comportamiento y qué necesita aprender ese niño concreto.

¿Qué entendemos por problemas de conducta en niños?

Los niños protestan, desobedecen, se enfadan y ponen a prueba los límites. Estas conductas forman parte del desarrollo. Un niño pequeño todavía está aprendiendo a esperar, tolerar una negativa, aceptar que otra persona piense de manera diferente y detener un impulso.

Por eso, una rabieta aislada, una discusión o un mal día no indican necesariamente un problema psicológico.

Conviene prestar más atención cuando las conductas presentan una intensidad, una frecuencia o una duración muy superiores a las esperables para la edad y afectan de manera significativa a la vida familiar, escolar o social.

Entre las manifestaciones más frecuentes encontramos:

  • Rabietas muy intensas o prolongadas.
  • Agresiones físicas, como pegar, morder, empujar o romper objetos.
  • Insultos, amenazas o provocaciones continuas.
  • Negativa frecuente a cumplir indicaciones adecuadas para su edad.
  • Discusiones constantes con adultos y compañeros.
  • Dificultad para aceptar límites o tolerar la frustración.
  • Conductas impulsivas que ponen en riesgo al niño o a otras personas.
  • Problemas repetidos de convivencia en casa o en el colegio.
  • Dificultad para reparar el daño después de un conflicto.

No debemos valorar estas conductas de forma aislada. Necesitamos considerar la edad del niño, su desarrollo, el contexto, la gravedad de lo ocurrido y el efecto que produce en su vida.

No significa lo mismo que un niño de tres años grite porque debe abandonar el parque a que uno de diez golpee habitualmente a sus compañeros. Tampoco resulta igual que una conducta aparezca durante una semana difícil a que se mantenga durante meses y deteriore todas sus relaciones.

Un niño no es su conducta

Cuando un comportamiento nos preocupa, el lenguaje puede convertirse en un puente o en una pared.

No es lo mismo decir «eres malo» que decir «has pegado a tu hermano y no voy a permitir que le hagas daño». La primera frase convierte lo sucedido en una identidad. La segunda describe la conducta, establece un límite y deja abierta la posibilidad de aprender.

Las etiquetas como «agresivo», «manipulador», «desobediente», «vago» o «imposible» no explican qué ocurre. Además, pueden hacer que el niño termine reconociéndose únicamente a través de la mirada más negativa de los adultos.

Un niño necesita saber que una conducta puede resultar inaceptable sin sentir que él mismo se ha vuelto inaceptable. Puedes profundizar en esta diferencia en nuestro artículo sobre las etiquetas en la infancia y la importancia de comprender antes de diagnosticar.

Separar al niño de su conducta no elimina su responsabilidad. Al contrario, le permite asumirla sin quedar atrapado en la idea de que no puede cambiar.

¿Qué puede haber detrás de una conducta desafiante?

La conducta infantil siempre aparece dentro de un contexto. No constituye un mensaje perfectamente organizado, pero contiene información.

Un niño quizá no sabe decir: «La tarea me parece demasiado difícil, tengo miedo de equivocarme y prefiero que pienses que no quiero hacerla antes que descubrir que no puedo». En su lugar, rompe la ficha, se levanta, protesta o afirma que el colegio le da igual.

Otro niño no sabe explicar: «Cuando atendéis al bebé siento que ya no hay sitio para mí». Puede empezar a desobedecer porque incluso un enfado le garantiza unos minutos de atención exclusiva.

Comprender la función de una conducta no equivale a justificarla. Nos ayuda a responder con mayor precisión.

El desarrollo de la regulación emocional

Los niños no nacen sabiendo calmarse. Durante años necesitan que los adultos les ayuden a reconocer sus emociones, ponerles nombre, soportarlas y encontrar una forma adecuada de expresarlas.

Cuando la emoción alcanza una intensidad elevada, la capacidad para escuchar, razonar y controlar los impulsos disminuye. Por eso, intentar dar una explicación larga en medio de una rabieta suele aumentar el ruido en lugar de resolver el problema.

La regulación empieza como una experiencia compartida. Un adulto mantiene el límite, reduce la intensidad de la escena y ayuda al niño a recuperar el control. Con el tiempo, el menor puede interiorizar parte de esa capacidad.

El cansancio, el hambre y la sobrecarga

El sueño insuficiente, el hambre, el exceso de estímulos, los horarios acelerados o una sucesión de exigencias pueden reducir la tolerancia a la frustración.

Esto no significa que el cansancio excuse una agresión. Significa que debemos tenerlo en cuenta para prevenir situaciones que desbordan repetidamente al niño.

A veces exigimos autocontrol justo cuando sus recursos se encuentran agotados.

Los cambios y las experiencias difíciles

Una separación, una mudanza, un cambio de colegio, el nacimiento de un hermano, una pérdida, el acoso escolar o un conflicto familiar pueden aparecer a través de la conducta.

Algunos niños expresan el sufrimiento mediante tristeza o miedo. Otros muestran irritabilidad, oposición, aislamiento o agresividad. Si la dificultad comenzó después de una ruptura familiar, puede ayudarte nuestro artículo sobre los efectos del divorcio en los hijos y cómo acompañarlos.

Las dificultades emocionales, del aprendizaje o del neurodesarrollo

Detrás de una conducta problemática también pueden aparecer ansiedad, depresión infantil, TDAH, autismo, dificultades del lenguaje, problemas de aprendizaje, sensibilidad sensorial o experiencias traumáticas.

Un niño que no sigue una instrucción quizá desafía el límite, pero también puede no haberla escuchado, no comprenderla, olvidarla antes de comenzar o sentirse incapaz de realizar la tarea.

Si observas impulsividad, inquietud, olvidos frecuentes o dificultades persistentes para mantener la atención, puedes consultar nuestro artículo sobre cómo detectar el TDAH en niños y adolescentes.

Ninguna lista de conductas permite realizar un diagnóstico. Una evaluación rigurosa necesita estudiar al niño completo, no elegir una etiqueta a partir del comportamiento que más molesta a los adultos.

Los patrones que se construyen dentro de la relación

A veces, el niño y los adultos entran sin querer en una secuencia que alimenta el problema.

El padre pide algo. El niño protesta. El padre repite la orden con más intensidad. El niño grita. El adulto amenaza con un castigo enorme. El niño aumenta la rabieta. Finalmente, el adulto cede por agotamiento o impone una consecuencia que después no puede mantener.

Nadie ha planeado este ciclo. Sin embargo, la repetición enseña al niño que necesita elevar mucho la intensidad para cambiar la situación, mientras el adulto siente que solo consigue una respuesta cuando grita.

Romper este patrón no exige buscar un culpable. Requiere que los adultos comprendan la secuencia y cambien algunas respuestas de forma coherente.

Comprender no significa permitirlo todo

Algunas familias temen que validar las emociones convierta la crianza en una negociación permanente. Otras sienten que poner límites dañará el vínculo.

Sin embargo, un niño necesita afecto y estructura. Los límites protegen cuando resultan claros, comprensibles, proporcionados y respetuosos.

Podemos decir:

«Entiendo que estés muy enfadado porque querías seguir jugando. Aun así, no puedes pegarme. Voy a ayudarte a parar».

Esta respuesta realiza tres movimientos importantes:

  • Reconoce la emoción.
  • Limita la conducta.
  • Mantiene la presencia del adulto.

Validar el enfado no significa aceptar el golpe. El niño tiene derecho a sentir rabia, pero necesita aprender que no puede descargarla sobre otra persona.

Cómo actuar ante los problemas de conducta en niños

1. Protege antes de enseñar

Si el niño está pegando, lanzando objetos o poniendo a alguien en peligro, la primera tarea consiste en detener el daño.

Separa a los niños, retira los objetos peligrosos y utiliza pocas palabras:

«No voy a dejar que pegues».

No intentes resolver todavía todo el conflicto. Primero necesitamos recuperar la seguridad. Si no puedes controlar la situación sin poner a alguien en riesgo, pide ayuda.

2. Habla menos durante la explosión

Un niño desbordado no puede escuchar un sermón. Las preguntas, las amenazas y las explicaciones largas aumentan la estimulación.

Utiliza una voz firme y tranquila. Puedes repetir una frase breve:

«Sé que estás enfadado. No puedes hacer daño. Cuando te calmes, hablaremos».

La calma del adulto no implica frialdad. Tampoco exige que no sienta enfado. Significa que intenta no añadir su propia explosión a la del niño.

3. No negocies en medio de la rabieta

Si una negativa ha desencadenado la crisis, no conviene cambiarla únicamente para detener el llanto. El niño podría aprender que necesita aumentar la intensidad para conseguir lo que desea.

Sin embargo, mantener un límite no obliga a defender una decisión injusta. Cuando todos recuperen la calma, el adulto puede revisar lo ocurrido, reconocer un error y cambiar de opinión si encuentra razones para hacerlo.

La autoridad no pierde fuerza cuando un padre rectifica. Gana credibilidad.

4. Observa qué ocurre antes y después

Durante varios días, anota brevemente:

  • Qué sucedió antes de la conducta.
  • Qué hizo exactamente el niño.
  • Cómo respondieron los adultos.
  • Qué ocurrió después.
  • En qué momentos no apareció el problema.

Quizá descubras que las crisis surgen al apagar las pantallas, antes de los deberes, después de dormir poco, cuando debe cambiar de actividad o cuando siente que pierde la atención de un adulto.

Las excepciones también aportan información. Si el niño cumple la misma norma con una persona o en un contexto diferente, conviene estudiar qué cambia allí.

5. Da instrucciones claras y posibles

Frases como «pórtate bien», «sé responsable» o «deja de hacer el tonto» no explican qué esperamos.

Una instrucción útil describe una acción concreta:

  • «Guarda los zapatos en el armario».
  • «Habla más bajo».
  • «Siéntate a mi lado».
  • «Pon los lápices dentro del estuche».

Acércate, busca su atención y formula una o dos peticiones cada vez. Después, deja un tiempo razonable para que responda.

Antes de atribuir la conducta a la desobediencia, comprueba que el niño ha comprendido la indicación y dispone de capacidad suficiente para realizarla.

6. Reconoce la conducta que quieres fortalecer

Los adultos suelen prestar mucha atención a lo que el niño hace mal y dar por supuesto lo que hace bien. Así, la conducta problemática termina ocupando casi todo el espacio de la relación.

El reconocimiento resulta más útil cuando describe una conducta concreta:

  • «Has apagado la consola cuando te lo he pedido».
  • «Te has enfadado, pero has utilizado palabras en lugar de pegar».
  • «Hoy has empezado los deberes sin discutir».
  • «Has esperado tu turno aunque te costaba».

No hace falta esperar un resultado perfecto. También podemos reconocer un avance pequeño o el esfuerzo por intentarlo.

Una revisión Cochrane que reunió 13 ensayos y 1.078 familias encontró que los programas dirigidos a padres reducían los problemas de conducta y las prácticas educativas duras, al mismo tiempo que mejoraban las habilidades parentales y la salud mental de los adultos. Puedes consultar la revisión sobre programas parentales para problemas de conducta de aparición temprana.

7. Anticipa los momentos difíciles

Muchos conflictos aparecen durante las transiciones. El niño debe dejar una actividad agradable, comenzar otra que exige esfuerzo o aceptar un cambio inesperado.

Puedes anticiparlo:

«Dentro de diez minutos apagaremos la televisión. Cuando termine este episodio, iremos a ducharnos».

Las rutinas previsibles reducen la necesidad de negociar cada paso. También ayudan los apoyos visuales, los horarios sencillos y la posibilidad de elegir entre dos alternativas aceptables:

«Tienes que recoger. ¿Prefieres empezar por los coches o por las construcciones?».

El adulto conserva el límite, pero el niño recupera un margen de participación.

8. Utiliza consecuencias relacionadas con lo ocurrido

Una consecuencia ayuda a aprender cuando mantiene una relación clara con la conducta, aparece cerca de lo sucedido y permite reparar.

Por ejemplo:

  • Si pinta una pared, puede ayudar a limpiarla.
  • Si lanza un juguete, el adulto puede guardarlo hasta que el niño recupere la calma y pueda utilizarlo con seguridad.
  • Si pega durante un juego, debe abandonar momentáneamente la actividad para proteger a los demás y después participar en la reparación.
  • Si rompe algo de forma intencionada, puede colaborar en arreglarlo o buscar una manera adecuada de compensar el daño.

La reparación no consiste únicamente en obligar a pedir perdón. Un «lo siento» vacío no enseña empatía. Conviene ayudar al niño a comprender el efecto de su conducta y pensar qué puede hacer ahora.

Una pausa acompañada puede resultar útil cuando necesita reducir la estimulación. No hace falta calcular un número de minutos según su edad ni convertirla en un destierro. El objetivo consiste en recuperar el control, no en hacerle sentir solo precisamente cuando más desbordado se encuentra.

9. Enseña la alternativa después de la calma

Decir «no pegues» indica lo que debe detener, pero no le enseña qué puede hacer en su lugar.

Cuando el niño recupere la calma, ayúdale a practicar otras respuestas:

  • Pedir una pausa.
  • Decir «estoy muy enfadado».
  • Apartarse de la situación.
  • Pedir ayuda a un adulto.
  • Respirar, moverse o beber agua.
  • Proponer una solución.
  • Expresar desacuerdo sin insultar.

Estas habilidades necesitan ensayo. No podemos exigir que aparezcan de forma espontánea en el momento más difícil si nunca las hemos practicado en momentos tranquilos.

10. Reserva tiempo para relacionarte sin corregir

Cuando existen muchos problemas de conducta, la relación puede convertirse en una sucesión de órdenes, correcciones y conflictos.

Busca momentos breves para jugar, cocinar, pasear, dibujar o conversar sin utilizar ese tiempo para evaluar su comportamiento. Diez o quince minutos de atención compartida pueden ayudar a recuperar una experiencia que a veces queda enterrada bajo las dificultades: disfrutar juntos.

El metaanálisis de Thomas y sus colaboradores encontró que la terapia de interacción entre padres e hijos reducía los comportamientos externalizantes y el estrés parental, además de mejorar el cumplimiento de instrucciones. Puedes consultar el metaanálisis sobre la terapia de interacción entre padres e hijos.

La relación no sustituye a los límites. Hace posible que el niño no viva cada límite como una amenaza para el vínculo.

11. Coordina las respuestas de los adultos

El niño necesita cierta coherencia entre los adultos que lo cuidan, aunque cada persona tenga un estilo propio.

Conviene acordar:

  • Qué conductas requieren una intervención inmediata.
  • Qué límites resultan prioritarios.
  • Cómo responderán los adultos.
  • Qué alternativas quieren enseñar.
  • Cómo reconocerán los avances.

También resulta importante hablar con el colegio cuando la conducta aparece en el aula. La coordinación permite comparar contextos, detectar desencadenantes y evitar que cada adulto interprete el problema de una manera completamente diferente.

12. Repara cuando tú también pierdas la calma

Los padres no necesitan responder de manera perfecta. Necesitan asumir la responsabilidad cuando gritan, insultan o reaccionan de una forma que no desean repetir.

Puedes decir:

«Antes te he gritado y te he asustado. Estaba muy enfadado, pero no debía hablarte así. Lo siento. La norma sigue siendo la misma y quiero que encontremos otra manera de resolverlo».

Esta reparación no elimina el límite. Enseña que una persona puede reconocer el daño, responsabilizarse y cuidar la relación después de un conflicto.

Qué conviene evitar

  • Etiquetar al niño por una conducta.
  • Humillarlo, ridiculizarlo o compararlo con sus hermanos.
  • Amenazar con castigos que nadie podrá cumplir.
  • Retirar el afecto o utilizar el silencio como castigo.
  • Discutir durante una explosión emocional.
  • Exigir una disculpa inmediata cuando todavía está desbordado.
  • Dar muchas órdenes al mismo tiempo.
  • Prestar atención únicamente a los errores.
  • Permitir una conducta unas veces y castigarla duramente otras.
  • Suponer que todo lo hace para provocar.
  • Convertir cada conflicto en una lucha por demostrar quién manda.

El miedo puede detener una conducta en ese momento, pero no enseña necesariamente regulación, empatía ni responsabilidad. Un niño puede obedecer porque teme al adulto y seguir sin comprender qué debe hacer con su enfado.

Preguntas para tu espejo interior

Antes de buscar otra consecuencia o repetir una amenaza, quizá puedas detenerte ante estas preguntas:

  • ¿En qué momentos aparece con más frecuencia esta conducta?
  • ¿Qué suele ocurrir justo antes?
  • ¿Qué consigue evitar o conseguir el niño mediante ella?
  • ¿Cuándo logra responder de una manera diferente?
  • ¿Le estamos pidiendo algo adecuado para su edad y sus capacidades?
  • ¿Comprende con claridad qué esperamos?
  • ¿Dispone de una alternativa o solo sabe lo que no debe hacer?
  • ¿Intentamos razonar cuando todavía está desbordado?
  • ¿Nuestra respuesta cambia según el cansancio del adulto?
  • ¿El niño recibe atención positiva fuera de los conflictos?
  • ¿Ha ocurrido algún cambio importante en su vida?
  • ¿Puede estar expresando miedo, tristeza, vergüenza o una dificultad que no sabe explicar?
  • ¿Hay algo del colegio, de sus amistades o de la familia que todavía no conocemos?
  • ¿Qué nos despierta su conducta a los adultos?
  • ¿Estamos intentando enseñarle o solo necesitamos que pare cuanto antes?
  • ¿Qué parte de la relación necesita también cuidado?

Estas preguntas no pretenden responsabilizar a los padres de todo lo que hace su hijo. Buscan ampliar la mirada para que la familia pueda salir de una sucesión de culpas y castigos que no está funcionando.

¿Cuándo conviene consultar a un psicólogo infantil?

Conviene pedir ayuda psicológica cuando:

  • Las conductas aumentan en intensidad o frecuencia.
  • Persisten durante semanas o meses.
  • El niño causa daño físico a otras personas o a sí mismo.
  • Rompe objetos de forma frecuente o realiza conductas peligrosas.
  • Los problemas afectan a su aprendizaje, sus amistades o la convivencia familiar.
  • El colegio aplica expulsiones o sanciones repetidas.
  • La familia evita actividades por miedo a sus reacciones.
  • Los adultos sienten que han perdido el control de la situación.
  • Aparecen tristeza, ansiedad, aislamiento, dificultades de sueño o cambios intensos de ánimo.
  • Existen sospechas de TDAH, dificultades de aprendizaje, acoso, trauma u otro problema emocional.
  • Las estrategias habituales no producen cambios o empeoran el conflicto.

Si el niño amenaza con hacerse daño, intenta lesionar gravemente a otra persona o la familia no puede garantizar la seguridad, necesita una valoración urgente. Ante un peligro inmediato, llama al 112.

¿Cómo ayuda la terapia infantil ante los problemas de conducta?

La terapia no consiste únicamente en llevar al niño a consulta para que alguien le enseñe a obedecer.

Una evaluación completa explora su desarrollo, su estado emocional, las relaciones familiares, el colegio, las situaciones que desencadenan las crisis y las respuestas que las mantienen. También escucha a los adultos y reconoce el cansancio, la preocupación y la impotencia que pueden acumular.

El trabajo terapéutico puede incluir:

  • Ayudar al niño a reconocer y regular sus emociones.
  • Enseñarle formas diferentes de expresar el enfado.
  • Fortalecer sus habilidades sociales y su capacidad para reparar.
  • Acompañar a los padres en la construcción de límites claros.
  • Reducir patrones de interacción que alimentan el conflicto.
  • Mejorar la comunicación y la relación familiar.
  • Coordinar pautas con el colegio cuando resulte necesario.
  • Valorar dificultades emocionales, del aprendizaje o del neurodesarrollo.

La investigación también respalda el trabajo con los adultos cuando el niño presenta TDAH y problemas de comportamiento. Un metaanálisis de 2023 encontró que los programas de entrenamiento parental mantenían beneficios posteriores en la conducta del niño, la crianza positiva, la confianza de los padres y la calidad de la relación. Puedes consultar el metaanálisis sobre los efectos a medio plazo de las intervenciones con padres.

Trabajar con los padres no significa culparlos. Significa reconocer que los adultos poseen una capacidad importante para modificar el contexto y construir nuevas experiencias dentro de la relación.

Detrás de la conducta sigue existiendo un niño

Los problemas de comportamiento pueden llenar una casa de tensión. Los adultos empiezan a anticipar la siguiente discusión y el niño siente que todos esperan que vuelva a equivocarse. Poco a poco, la conducta se convierte en el único idioma que parece circular entre ellos.

Pero una familia no tiene que quedar definida por su peor momento.

Un niño puede aprender a tolerar la frustración, asumir responsabilidades y expresar el enfado sin hacer daño. Los adultos también pueden aprender a sostener límites sin entrar en una lucha constante ni perder de vista la relación.

El cambio no nace de permitirlo todo ni de endurecer cada respuesta. Empieza cuando comprendemos que el límite y el vínculo no representan caminos opuestos. El niño necesita que alguien detenga la conducta y, al mismo tiempo, permanezca lo bastante cerca como para ayudarle a construir otra.

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Autora: Rebeca Carrasco García
Psicóloga General Sanitaria y psicoanalista relacional
Directora de Self Psicólogos, Majadahonda

Referencias

Doffer, D. P. A., Dekkers, T. J., Hornstra, R., Van der Oord, S., Luman, M., Leijten, P., Hoekstra, P. J., Van den Hoofdakker, B. J., & Groenman, A. P. (2023). Sustained improvements by behavioural parent training for children with attention-deficit/hyperactivity disorder: A meta-analytic review of longer-term child and parental outcomes. JCPP Advances, 3(3), e12196. https://doi.org/10.1002/jcv2.12196

Furlong, M., McGilloway, S., Bywater, T., Hutchings, J., Smith, S. M., & Donnelly, M. (2012). Behavioural and cognitive-behavioural group-based parenting programmes for early-onset conduct problems in children aged 3 to 12 years. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2012(2), CD008225. https://doi.org/10.1002/14651858.CD008225.pub2

Thomas, R., Abell, B., Webb, H. J., Avdagic, E., & Zimmer-Gembeck, M. J. (2017). Parent-child interaction therapy: A meta-analysis. Pediatrics, 140(3), e20170352. https://doi.org/10.1542/peds.2017-0352

1 Comentario

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