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Familia Infantil y adolescentes

Claves para detectar el TDAH en niños y adolescentes

Claves para detectar el TDAH en niños y adolescentes

¿Tu hijo parece no escuchar aunque le hayas repetido lo mismo varias veces? ¿Pierde sus cosas, necesita moverse constantemente o comienza muchas tareas sin terminar ninguna? ¿Las tardes de deberes acaban convirtiéndose en una batalla que deja agotada a toda la familia?

Cuando estas situaciones se repiten, los adultos pueden sentirse desconcertados. A veces piensan que el niño no se esfuerza, desafía las normas o podría hacerlo mejor «si quisiera». Sin embargo, detrás de algunas conductas que interpretamos como desobediencia, desgana o falta de interés puede existir una dificultad real para regular la atención, el movimiento y los impulsos.

El TDAH en niños y adolescentes puede adoptar formas muy diferentes. Algunos menores muestran una inquietud evidente; otros permanecen sentados, pero pierden el hilo, olvidan las instrucciones o viven atrapados en un esfuerzo silencioso por organizarse. Por eso, una conducta aislada nunca permite concluir que existe un trastorno.

Detectar el TDAH exige observar la frecuencia, la duración y la intensidad de las dificultades, pero también comprender cómo afectan al aprendizaje, las relaciones, la convivencia familiar y el bienestar emocional. Una evaluación rigurosa no busca colocar una etiqueta. Busca entender qué le ocurre a ese niño concreto y qué necesita para desarrollarse sin crecer bajo la sensación de que siempre decepciona a alguien.

¿Qué es el TDAH?

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad, conocido como TDAH, forma parte de los trastornos del neurodesarrollo. Afecta principalmente a la capacidad para regular la atención, la actividad y los impulsos.

El TDAH no nace de la pereza, la falta de voluntad, una educación deficiente o la ausencia de límites. Tampoco responde a una causa única. Los conocimientos científicos actuales describen una combinación compleja de factores genéticos, neurobiológicos y ambientales.

El consenso internacional coordinado por Stephen V. Faraone reunió 208 conclusiones respaldadas por investigaciones amplias. Sus autores aclararon la naturaleza del trastorno y cuestionaron creencias que aumentan el estigma:

https://doi.org/10.1016/j.neubiorev.2021.01.022

Un menor con TDAH no carece necesariamente de atención. A menudo presenta dificultades para dirigirla, mantenerla o cambiarla en función de las exigencias del momento. Puede concentrarse durante mucho tiempo en una actividad que le interesa y, en cambio, sentirse incapaz de comenzar una tarea breve que considera aburrida, repetitiva o confusa.

Las manifestaciones también cambian con la edad y el contexto. La hiperactividad visible durante la infancia puede transformarse durante la adolescencia en inquietud interna, impaciencia, dificultad para descansar o necesidad constante de hacer algo.

Las tres presentaciones principales del TDAH

Los profesionales distinguen tres presentaciones principales. No representan categorías cerradas, ya que el modo en que aparece el TDAH puede cambiar a lo largo del desarrollo.

Presentación predominantemente inatenta

Predominan las dificultades para mantener la atención, organizarse, seguir instrucciones o terminar tareas. El niño o adolescente puede parecer despistado, perder objetos, olvidar actividades cotidianas o necesitar numerosos recordatorios.

Estos perfiles suelen pasar más inadvertidos cuando el menor no presenta problemas de conducta ni una hiperactividad evidente. En ocasiones, los adultos lo describen como alguien que «vive en su mundo», tarda demasiado, sueña despierto o tiene capacidad, pero no la aprovecha.

Presentación predominantemente hiperactiva e impulsiva

Predominan la inquietud, la necesidad de movimiento y las dificultades para esperar, frenar una respuesta o pensar antes de actuar. El menor puede levantarse con frecuencia, hablar en exceso, interrumpir, responder antes de tiempo o tener problemas para respetar turnos.

Estas conductas no siempre expresan una intención de desafiar. A menudo, la respuesta sale antes de que el niño haya tenido tiempo para detenerse y elegir qué quiere hacer.

Presentación combinada

Aparecen tanto dificultades de atención y organización como manifestaciones de hiperactividad e impulsividad. La intensidad de cada grupo de síntomas puede variar con el tiempo y según las demandas de cada entorno.

Señales relacionadas con la inatención

Algunas señales que conviene observar son:

  • Dificultad para mantener la atención durante una tarea o una conversación.
  • Errores frecuentes por descuido.
  • Problemas para seguir instrucciones formadas por varios pasos.
  • Dificultad para comenzar o terminar las tareas.
  • Desorganización del material escolar o de las actividades cotidianas.
  • Pérdida frecuente de objetos.
  • Olvido de fechas, deberes o responsabilidades.
  • Distracción ante estímulos externos o pensamientos propios.
  • Evitación de actividades que requieren un esfuerzo mental continuado.
  • Necesidad constante de que un adulto recuerde, supervise o reconduzca la tarea.

Un niño no necesita mostrar todas estas conductas. Tampoco tienen que aparecer con la misma intensidad en cada lugar. Algunos menores realizan un esfuerzo enorme para contenerse en el colegio y descargan toda la tensión cuando llegan a casa.

Señales relacionadas con la hiperactividad y la impulsividad

Entre las manifestaciones habituales encontramos:

  • Mover constantemente las manos, los pies o el cuerpo.
  • Levantarse cuando necesita permanecer sentado.
  • Correr, trepar o moverse en momentos poco adecuados.
  • Tener dificultades para participar en actividades tranquilas.
  • Hablar mucho o responder antes de que termine la pregunta.
  • Interrumpir conversaciones o juegos.
  • Mostrar dificultades para esperar el turno.
  • Actuar rápidamente sin anticipar las posibles consecuencias.
  • Cambiar de actividad sin terminar la anterior.
  • Experimentar una sensación continua de inquietud.

Durante la adolescencia, la hiperactividad puede resultar menos visible. A veces aparece como impaciencia, inquietud interna, búsqueda continua de estímulos, cambios constantes de actividad o dificultad para desconectar.

¿Cuándo pueden indicar estas señales un TDAH?

No basta con que un niño sea movido, se distraiga o proteste ante los deberes. El cansancio, el aburrimiento, una etapa de mayor inquietud o una situación familiar difícil también pueden afectar a la atención y al comportamiento.

Para valorar la posibilidad de un TDAH, los profesionales tienen en cuenta varios criterios:

  • Las manifestaciones persisten durante al menos seis meses.
  • Alcanzan una intensidad mayor de la esperable para la edad y el nivel de desarrollo.
  • Algunos síntomas ya aparecían antes de los 12 años.
  • Las dificultades surgen en dos o más contextos, como el hogar y el colegio, aunque cambien de intensidad.
  • Interfieren de forma significativa en el aprendizaje, las relaciones, la convivencia o el bienestar emocional.
  • Otra dificultad o situación no explica mejor lo que ocurre.

La guía clínica de Wolraich y sus colaboradores insiste en la necesidad de recoger información de distintos contextos. También recomienda valorar otras condiciones que pueden convivir con el TDAH o producir manifestaciones parecidas: https://doi.org/10.1542/peds.2019-2528

No todo lo que parece TDAH es TDAH

Las dificultades para concentrarse, organizarse o controlar los impulsos también pueden aparecer cuando un menor duerme mal, atraviesa un duelo, vive una situación de acoso, siente ansiedad, presenta un estado de ánimo bajo o tiene problemas de aprendizaje.

También conviene valorar:

  • Las dificultades específicas de lectura, escritura o cálculo.
  • Los problemas de visión o audición.
  • La falta de sueño o los horarios de descanso irregulares.
  • La ansiedad y las preocupaciones persistentes.
  • Los cambios familiares o escolares importantes.
  • Las experiencias traumáticas.
  • El estado de ánimo y la autoestima.
  • Otros trastornos del neurodesarrollo.
  • El uso poco regulado de pantallas.
  • La adecuación de las exigencias escolares a la edad y las capacidades del menor.

Por este motivo, ningún cuestionario aislado debería decidir el diagnóstico. Una puntuación elevada señala que conviene profundizar, pero no explica por sí sola qué le ocurre al niño.

El TDAH en niñas: cuando la dificultad permanece oculta

Durante mucho tiempo, la imagen más conocida del TDAH ha sido la de un niño que no para quieto, interrumpe y altera el ritmo de la clase. Esa imagen deja fuera a muchos menores, especialmente a niñas con dificultades de atención menos visibles.

Una niña puede permanecer sentada, intentar cumplir y no generar conflictos, mientras olvida instrucciones, pierde materiales o emplea varias horas en una tarea que otras personas resuelven en poco tiempo. Su esfuerzo puede ocultar la dificultad durante años.

Cuando los adultos solo miran la conducta externa, pueden interpretar ese funcionamiento como despiste, inseguridad, falta de madurez o poca capacidad. Algunas niñas reciben ayuda tarde, después de acumular frustración, ansiedad y una sensación dolorosa de no llegar nunca a lo que esperan de ellas.

TDAH, altas capacidades y doble excepcionalidad

Las altas capacidades y el TDAH constituyen realidades diferentes. Un niño con altas capacidades puede desconectar ante una tarea repetitiva o poco estimulante, pero el aburrimiento por sí solo no explica una dificultad persistente para organizarse, regular los impulsos o dirigir la atención.

Un menor también puede presentar altas capacidades y TDAH al mismo tiempo. Los especialistas llaman doble excepcionalidad a esta coexistencia. En algunos casos, la capacidad intelectual ayuda al niño a compensar sus dificultades durante un tiempo. En otros, los problemas de organización y atención impiden que su potencial aparezca con claridad.

Por eso, no conviene elegir precipitadamente entre una explicación y otra. Una evaluación amplia debe reconocer tanto las dificultades como las fortalezas.

Puedes ampliar esta cuestión en nuestro artículo sobre los prejuicios que rodean a los niños con altas capacidades:

https://www.selfpsicologos.es/mitos-aacc-psicologos-majadahonda-madrid/

¿Qué incluye una evaluación del TDAH?

No existe una prueba, un cuestionario, un análisis médico o una imagen cerebral que permita diagnosticar el TDAH por sí solo. Una evaluación rigurosa reúne información procedente de distintas personas, etapas y contextos.

Habitualmente incluye:

  • Una entrevista con la familia y con el niño o adolescente.
  • La revisión de la historia evolutiva, médica y escolar.
  • La información aportada por el colegio o el instituto.
  • Cuestionarios validados para familiares y profesores.
  • La valoración de la atención, la impulsividad y las funciones ejecutivas.
  • La exploración del impacto de las dificultades en la vida cotidiana.
  • La evaluación de posibles problemas emocionales, conductuales o de aprendizaje.
  • La identificación de las capacidades, los intereses y los recursos del menor.

Cuando el caso lo requiere, los profesionales de la psicología, la pediatría, la psiquiatría y el centro educativo coordinan sus observaciones. Cada uno aporta una parte del mapa. La evaluación adquiere sentido cuando permite mirar al niño entero, no solo contar sus síntomas.

El impacto emocional: cuando el niño acaba creyendo que él es el problema

Las dificultades del TDAH no terminan al cerrar el cuaderno. También entran en la relación con los padres, los profesores, los hermanos y los compañeros.

Un menor que escucha continuamente «no atiendes», «eres un desastre», «siempre pierdes todo» o «podrías hacerlo si quisieras» puede empezar a convertir una dificultad en una identidad. Ya no piensa «me cuesta organizarme», sino «soy torpe». Ya no siente «hoy no he podido concentrarme», sino «decepciono a todo el mundo».

Las correcciones constantes también desgastan a las familias. Los padres repiten, supervisan, se enfadan y después se sienten culpables. El niño promete que la próxima vez lo hará mejor, pero vuelve a olvidar lo mismo. Poco a poco, la convivencia puede quedar atrapada en un círculo de exigencia, frustración y distancia.

Comprender el TDAH no significa justificar todas las conductas ni renunciar a los límites. Significa ajustar la ayuda. Un límite funciona mejor cuando el adulto distingue entre aquello que el niño no quiere hacer y aquello que todavía no puede hacer sin apoyo.

Cómo ayudar a un niño o adolescente con TDAH

Cada menor necesita una respuesta individual. Aun así, algunas pautas pueden facilitar la organización y reducir los conflictos cotidianos.

1. Establece rutinas predecibles

Mantener horarios relativamente estables para levantarse, estudiar, comer y acostarse ayuda al menor a anticipar lo que ocurrirá. La rutina reduce el esfuerzo que necesita para organizar cada momento desde cero.

2. Da instrucciones breves y concretas

Ofrece una indicación cada vez y comprueba que el niño la ha comprendido. Una cadena como «sube, recoge el cuarto, prepara la mochila, dúchate y baja a cenar» puede perderse antes de que termine de escucharla.

3. Divide las tareas

Convierte una actividad extensa en pasos pequeños y alcanzables. «Haz los deberes» resulta demasiado amplio. «Abre la agenda y mira qué tienes para mañana» ofrece un punto de partida más claro.

4. Utiliza apoyos visuales

Los calendarios, los horarios, las listas y los recordatorios visibles permiten organizar las responsabilidades sin depender continuamente de la memoria o de las indicaciones de los adultos.

5. Reduce las distracciones

Prepara un espacio de trabajo ordenado, con el material necesario y pocos estímulos. Reducir las distracciones no exige crear un entorno completamente silencioso: algunos menores trabajan mejor con cierto movimiento o con un ruido ambiental suave.

6. Incorpora descansos y movimiento

Alternar periodos de concentración con pausas breves puede facilitar la regulación. El objetivo no consiste en impedir el movimiento, sino en encontrar momentos y formas adecuadas de canalizarlo.

7. Reconoce el esfuerzo de manera concreta

En lugar de limitarte a decir «muy bien», señala qué conducta valoras: «Has empezado sin que te lo recordara», «has seguido los tres pasos» o «te has detenido antes de responder».

8. Separa la dificultad de su identidad

Evita expresiones como «eres vago», «eres imposible» o «siempre lo haces mal». Puedes corregir una conducta sin convertirla en una definición del niño. No es lo mismo decir «tu habitación está desordenada» que «eres un desastre».

9. Busca momentos de relación que no giren alrededor del problema

Cuando gran parte de la convivencia consiste en recordar, corregir y discutir, el niño puede sentir que sus padres solo ven aquello que hace mal. Necesita compartir también espacios en los que no tenga que mejorar nada: jugar, conversar, cocinar o disfrutar juntos.

10. Mantén la coordinación entre la familia y el colegio

Compartir estrategias y observar qué funciona en cada contexto permite construir una respuesta coherente. La comunicación no debería centrarse únicamente en los problemas. También conviene hablar de los avances, las fortalezas y las situaciones en las que el menor funciona mejor.

Tratamiento y acompañamiento profesional

El tratamiento del TDAH debe adaptarse a la edad, las necesidades y el grado de afectación de cada persona. Puede incluir psicoeducación, orientación familiar, medidas escolares, intervención psicológica y valoración médica del tratamiento farmacológico.

La intervención psicológica puede ayudar al menor a desarrollar estrategias de organización, regular sus emociones, cuidar su autoestima y comprender mejor su funcionamiento. También puede ayudar a la familia a reducir los conflictos y construir una relación menos dominada por las correcciones.

Cuando la medicación resulta necesaria, un profesional médico debe prescribirla y supervisar su evolución.

La revisión publicada por Faraone y sus colaboradores en 2024 señala que los tratamientos que cuentan con respaldo científico pueden reducir los síntomas y mejorar el funcionamiento, aunque ninguna intervención sirve del mismo modo para todas las personas:

https://doi.org/10.1038/s41572-024-00495-0

Preguntas para tu espejo interior

Si te preocupa el comportamiento de tu hijo, intenta responder a estas preguntas sin buscar culpables ni apresurarte hacia una etiqueta:

  • ¿Las dificultades aparecen desde hace tiempo o comenzaron después de un cambio concreto?
  • ¿Ocurren tanto en casa como en el colegio?
  • ¿Qué tareas le cuestan más y en cuáles consigue concentrarse?
  • ¿Necesita muchos más recordatorios que otros niños de su edad?
  • ¿Cómo duerme y cómo llega de cansado al final del día?
  • ¿Qué dicen sus profesores y qué observan cuando trabaja en grupo?
  • ¿Tiene dificultades de aprendizaje que puedan aumentar su frustración?
  • ¿Cómo habla de sí mismo cuando algo le sale mal?
  • ¿Recibe más correcciones que reconocimiento?
  • ¿Las discusiones han ocupado demasiado espacio en nuestra relación?
  • ¿Estoy interpretando como desobediencia algo que quizá todavía no sabe regular?
  • ¿Qué capacidades, intereses y recursos dejamos de ver cuando toda la atención recae en el problema?
  • ¿Qué necesitaríamos como familia para acompañarlo sin sentirnos constantemente desbordados?

Estas preguntas no sustituyen una evaluación profesional. Pueden ayudarte a ampliar la mirada y a describir con mayor precisión lo que está ocurriendo.

¿Cuándo conviene solicitar ayuda psicológica?

Puede resultar recomendable consultar con un profesional cuando las dificultades de atención, impulsividad u organización:

  • Afectan de manera continuada al rendimiento escolar.
  • Generan discusiones frecuentes en casa.
  • Dificultan las relaciones con otros niños.
  • Provocan frustración, ansiedad o una autoestima baja.
  • Impiden que el menor desarrolle adecuadamente sus capacidades.
  • Persisten a pesar de los apoyos de la familia y el colegio.
  • Hacen que el niño rechace el colegio o evite las tareas.
  • Aumentan el aislamiento o los conflictos con los compañeros.
  • Desbordan a la familia y deterioran la relación cotidiana.

No hace falta esperar a que el niño suspenda, abandone actividades o se sienta completamente desbordado. Una valoración temprana puede aclarar lo que ocurre y orientar apoyos más ajustados.

Detectar el TDAH exige mirar más allá de una lista

Detectar el TDAH no consiste en sumar comportamientos ni en etiquetar a un niño porque resulte inquieto o distraído. Implica comprender cómo regula su atención, su actividad y sus impulsos, y valorar qué consecuencias tienen esas dificultades en su vida.

Una evaluación rigurosa también permite descartar otras explicaciones, reconocer dificultades asociadas y descubrir las fortalezas que el problema había dejado en segundo plano.

En algunos adolescentes, los problemas para organizarse o mantener la atención coinciden con un uso poco regulado de las pantallas. Esto no significa que el teléfono móvil provoque TDAH, pero conviene observar su influencia en el sueño, los estudios y la convivencia.

Puedes ampliar esta cuestión en nuestro artículo sobre la adicción al móvil en adolescentes:

https://www.selfpsicologos.es/adiccion_movil_psicologos-majadahonda_madrid/

Un diagnóstico adecuado no reduce al niño a unas siglas. Al contrario, puede liberar a toda la familia de interpretaciones dolorosas. Allí donde antes solo había reproches, empieza a aparecer comprensión. Desde esa comprensión resulta más fácil construir límites, apoyos y relaciones que ayuden al menor a crecer sin pensar que hay algo defectuoso en su manera de ser.

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Autora: Rebeca Carrasco García
Psicóloga General Sanitaria y psicoanalista relacional
Self Psicólogos, Majadahonda

Referencias

Faraone, S. V., Banaschewski, T., Coghill, D., Zheng, Y., Biederman, J., Bellgrove, M. A., Newcorn, J. H., Gignac, M., Al Saud, N. M., Manor, I., Rohde, L. A., Yang, L., Cortese, S., Almagor, D., Stein, M. A., Albatti, T. H., Aljoudi, H. F., Alqahtani, M. M. J., Asherson, P., … Wang, Y. (2021). The World Federation of ADHD International Consensus Statement: 208 evidence-based conclusions about the disorder. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 128, 789-818.

https://doi.org/10.1016/j.neubiorev.2021.01.022

Faraone, S. V., Bellgrove, M. A., Brikell, I., Cortese, S., Hartman, C. A., Hollis, C., Newcorn, J. H., Philipsen, A., Polanczyk, G. V., Rubia, K., Sibley, M. H., & Buitelaar, J. K. (2024). Attention-deficit/hyperactivity disorder. Nature Reviews Disease Primers, 10, artículo 11.

https://doi.org/10.1038/s41572-024-00495-0

Foley Nicpon, M., Allmon, A., Sieck, B., & Stinson, R. D. (2011). Empirical investigation of twice-exceptionality: Where have we been and where are we going? Gifted Child Quarterly, 55(1), 3-17.

https://doi.org/10.1177/0016986210382575

Wolraich, M. L., Hagan, J. F., Jr., Allan, C., Chan, E., Davison, D., Earls, M., Evans, S. W., Flinn, S. K., Froehlich, T., Frost, J., Holbrook, J. R., Lehmann, C. U., Lessin, H. R., Okechukwu, K., Pierce, K. L., Winner, J. D., & Zurhellen, W. (2019). Clinical practice guideline for the diagnosis, evaluation, and treatment of attention-deficit/hyperactivity disorder in children and adolescents. Pediatrics, 144(4), e20192528.

https://doi.org/10.1542/peds.2019-2528

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